—Sí.
—¿Le operan?...
—Sí.
—¿Barriga, tal vez?...
—Sí, sí...
—¡Ah!... ¡Lamentable!... No ser nada, nada... Sin embargo, lamentable... ¡Oh! ¡Verdaderamente, muy lamentable!...
Hablaba con cierta flema elegante; usaba lentes de oro y su diestra blanca, apacible, a cada momento se detenía perpleja sobre la magnificencia de una barba bíblica.
Don Higinio le observaba de reojo, pensando:
«¡Señor, cómo se parece este hombre al holandés!...».
Él estaba cierto de que no era, porque el imaginario míster Ruch del hotel de los Alpes, después de los años transcurridos desde entonces, ya sería viejo; pero el ingeniero belga se parecía al holandés extraordinariamente, lo que atribuló a don Higinio y deslizó en su valeroso ánimo temblores de pavor. ¿No era aquello como su pasado, que, de súbito, volvía a él para verle morir?...