—Me parece —dijo— que de cuantos estamos aquí yo soy el más sereno.

Su pulso, efectivamente, era tranquilo. Oyó vibrar la campanilla de la calle y quiso saber quién había llamado. Le contestaron:

—Es el cartero.

—¿Trae algo para mí? —repuso—. ¿Por qué no me lo dan?...

Los circunstantes le miraban asombrados, aterrados y enternecidos a la vez de tanta anchura de corazón. Teresita, que había ido a cumplir la orden del héroe, volvió con un número de Le Journal. Don Higinio se emocionó, y por primera vez, en las horas de aquella mañana ejemplar, el llanto se asomó a sus ojos. ¡Le Journal!... Él amaba aquel diario, que no leía nunca: Le Journal era París, era Leopoldina, era el hotel de los Alpes con su intérprete borracho y su ruidoso vaivén de viajeros; era la página mejor de su juventud, inocente y cómica... Y uno de esos graves suspiros que arranca a los hombres el luto del recuerdo, subió a sus labios.

Doña Emilia apareció trayendo una tarjeta, que entregó al héroe. Don Higinio leyó: «Luis Berain. Ingeniero».

—¡Oh, qué casualidad! —exclamó—; el ingeniero belga que yo esperaba. ¡Que pase en seguida!

Entró en el dormitorio un hombre de treinta y cinco a cuarenta años, corpulento, rollizo, de ojos azules, de tez nacarina y cabellos dorados. Sus manos enormes, su tórax amplísimo, su cuello atorado, eran los de un atleta. En un español gangoso, incoherente y pintoresco, saludó a Perea: él no sabía nada; acababa de apearse del tren; venía directamente de Bruselas y estaba aturdido, ¡cinco días de viaje! Sus baúles habían quedado en la estación...

Examinó a los médicos, reparó en la mesa vestida de blanco, bajo la gran claridad de la ventana, y comprendió. Miró a don Higinio:

—¿Enfermo?