También se acordó de don Gregorio, de don Cándido, de Gutiérrez, de Julio Cenén, del notario Arribas, de don Tomás, de Juan Pantaleón..., de todos aquellos centenares de personas, en fin, que de saber la verdad le hubiesen despreciado. Pues, ¿y el doctor Regatos? ¿Y don Fidel? ¿Y don Salvador?... Por el espíritu de don Higinio, a quien la idea de morir iba ennobleciendo, pasó la temeridad de una ironía. Pensó:
«¡Cómo voy a burlarme de ellos!...».
A la mañana siguiente, en presencia de su familia y de los cuatro médicos que le asistían, declaró tranquilamente que deseaba ser operado. Preguntáronle si quería confesar y recibir los últimos Sacramentos, y contestó negativamente. Solo tuvo un capricho:
—Si muero —dijo— ruego que mi cadáver sea envuelto en una bandera francesa.
La serenidad de sus ojos y la dulzura desdeñosa de sus palabras y sonrisas a todos sorprendía. Ni siquiera se quejaba de dolores. Parecía otro hombre. Únicamente cierta desacostumbrada palidez que había en sus mejillas delataba la existencia de alguna fuerte y arcana emoción.
El doctor Regatos dispuso que la mesa del comedor, que era grande y sólida, fuese trasladada al dormitorio, donde había bastante luz, y cubierta por una sábana sirviese para la operación. Don Higinio, desde su lecho, lo observaba todo: vio los cubos donde su sangre había de ser recogida, las largas vendas yodoformizadas y los paquetes de algodón hidrófilo enviados por don Cándido. Vio también el frasco de cloroformo, esa combinación admirable de cloro y de clorhidrato de metileno con que un hombre piadoso, Simpson, en una sola batalla, derrotó al dolor; y el brillo acerado de los bisturíes, y las pinzas que detienen la hemorragia de las arterias y las agujas y los hilos de platino con que más tarde los bordes de su herida serían cerrados. Todo lo atisbaba el héroe y de nada parecía asombrado ni temeroso.
Los médicos se habían disfrazado con largos delantales blancos y limpísimos. Hernández era el encargado de administrar el cloroformo; don Fidel y don Salvador ayudarían al doctor Regatos, alargándole los objetos que este fuera necesitando en el transcurso de la operación.
Como la mañana era fría, trajeron un buen brasero. El doctor Regatos había dicho:
—Conviene que la temperatura de la habitación sea bastante alta.
Don Higinio, indiferente a todo, fumaba un cigarrillo. El doctor Regatos le invitó a no fumar; era necesario que la atmósfera estuviese lo más limpia posible. Perea sonrió y no hizo caso.