Leyó el suelto que anunciaba su operación, impávido. A lo largo de los años, por aquel periódico habían ido pasando los hechos más culminantes de su vida humilde: su viaje a París, su regreso...

«Mi esquela mortuoria —pensó— también aparecerá en él».

Después miró a su mujer.

—Quiero que descanses; acuéstate. Yo estoy muy fatigado y deseo dormir.

¡Dormir! Lo que Perea sentía era una grandísima necesidad de hallarse solo ante sí mismo. Dentro de su alma, sus facultades y sus pasiones sostenían discusión reñidísima, y sus actitudes eran tan desemejantes y rotundas, que el desdichado oía distintamente cuanto iban diciendo unas y otras. La imaginación se alebraba y reducía, lívida de terror, bajo el ademán acusador de la conciencia, que preguntaba: «Imbécil, ¿qué hiciste? Cascabelera maldita, ¿no comprendes que por tu culpa vamos a morir?...». Y la razón añadía: «Ha llegado el momento triste de vulgarizarse diciendo la verdad». Pero inmediatamente, sofocando esta voz de cordura, el orgullo, la vanidad y la soberbia, los tres grandes impulsos demoníacos del alma, se alzaban en un grito unánime de rebeldía: «No se debe ceder. ¿Por qué ceder, cuando las hieles de la muerte serían menos amargas que la vergüenza de la verdad?...».

Don Higinio se sentía aislado; más aislado, solitario y desasido de todo que nunca; su mentira se había divulgado y compenetrado con la realidad de modo tal, que dejó de ser abstracción y ensueño para mudarse en historia, y agigantándose habló por las lenguas innumerables de la opinión y fue ciencia también. EL mundo objetivo no existe mientras falte un sujeto capaz de conocerlo, como no existe el sol para los ciegos de nacimiento; y así, las verdades no son tales verdades en tanto nadie cree en ellas. Por lo mismo, necesario era admitir que el galán del hotel de los Alpes había recibido un balazo, puesto que millares de personas primero, y más tarde su familia y últimamente la ciencia, lo aseguraban. Claro es que él solo podía más que todos juntos, y de allanarse a reconocer y proclamar su mentira le sería fácil cambiar su situación radicalmente; pero, ¿valía su vida un sacrificio así?... Él, apenas refirió su aventura con míster Ruch, dejó de ser don Higinio Perea para convertirse en otro hombre: aquel tipo aventurero que su esforzado corazón, desde que empezó a latir, llevaba dentro. Ahora bien: ¿era justo que el primer carácter, pacato, amorfo y vulgar, se impusiera al segundo lleno de relieve y de color?...

«Si confieso mi superchería —pensaba— viviré sin honra y en perpetuo ridículo; callando, nadie dudará de mí, pues no abundan los hombres capaces de llevar su vanidad tan adelante, y si la bala no aparece, el público lo achacará, no a que fuese invención mía, sino a la ineptitud de mis operadores que no supieron descubrirla».

Solo la maravilla de la muerte puede realizar ante la opinión el escamoteo de convertir lo irrisorio en triunfo, admiración e inmortalidad.

¡No, no hablaría! El que, por estética, durante tantos años, mantuvo incólume el prestigio eminente de su valor, no echaría jamás sobre la gallardía de su leyenda el baldón de un gesto cobarde. Una muerte heroica basta a dignificar la vida más llena de pusilánimes claudicaciones y renunciamientos; y asimismo el militar, por muchas cruces que lleve en el pecho, las deshonra todas si fuese a la muerte temblando: que tal es la augusta majestad de ese instante, que él solo basta a extender ejecutorias definitivas de temeridad o de cobardía. Como en los sonetos el último verso, así en la vida de cada hombre el postrer ademán debe ser el mejor. ¡No; el héroe de la Grande Jatte no hablaría! Aunque los grandes dolores son refractarios a la mentira, y esta es la eficacia que tiene la tortura para arrancar, aun a los caracteres más fuertes, la verdad que no quieren decir, el admirable don Higinio sentíase capaz de afrontar el supremo peligro sin desplegar los labios. Daría lo poco que era por lo mucho que hubiese querido ser, y su caída igualaría en belleza arrogante a la de un gladiador. A última hora la sangre guerrera y artista de los Alcañiz triunfaba. ¿No pertenecía él a aquella estirpe caudal que seguramente contaba con más de un antepasado muerto en el rescate del Santo Sepulcro?... Sí; él era valiente; ahora lo veía claro, y esta seguridad le aliviaba y reparaba con las savias excelsas del orgullo satisfecho. Lucano abriéndose las venas o Sócrates bebiendo la cicuta, eran menos grandes que él tomando voluntariamente el cloroformo. Sucumbiría hermosamente, adorado, reverenciado, envidiado de muchos, tal vez; y al cerrar los párpados procuraría que el terrible anestésico dejase sobre sus labios una sonrisa. En su caso, ¿qué noble caballero templario hubiese sido capaz de ir más lejos?...

Apenas esta resolución medró en su ánimo, cuando sintiose poseído de una honda, jugosa y balsámica ecuanimidad. Las dudas que hasta allí le atormentaron se dispersaban como hojas secas barridas por un gran soplo de viento, y las horas de vida que aún le restaban componían a los ojos de su conciencia una especie de breve camino, llano, recto y glorioso. El alma de Perea miró a su alrededor: sus negocios marchaban prósperamente; su testamento estaba hecho; de consiguiente, nada inconcluso quedaba tras sí. ¡Morir! ¡Bah!... ¡Ningún hombre después de cumplir los cincuenta años, y máxime si se halla enfermo del corazón, debe sentir miedo a la muerte!... Ciertamente le mortificaba la idea de separarse tan pronto de los seres que le eran queridos; pero aquel momento duraba segundos nada más. Don Higinio se acordaba de cuando se despidió de todos los suyos para irse a París. Algo así sería la muerte. Nada... Pensó en doña Emilia y en doña Lucía, las dos únicas mujeres que le amaron desinteresadamente; pensó en sus hijos, ya hombres, en quienes dejaría una impresión imborrable de heroísmo; en Higinín, su nieto, que aprendería sobre el regazo de su madre la historia bizarra y galante del abuelo...