—Perdonen ustedes —murmuró—; decían que si me operaba, ¿verdad?... Bien; pues..., mañana les contestaré...; mañana..., necesito pensar..., ahora no puedo...

Y de nuevo, desfallecido, agotado, cerró los párpados.

Al marcharse, el doctor Regatos llamó a doña Emilia y a sus hijos:

—Como la respuesta del enfermo —dijo— indudablemente será afirmativa, conviene que esta noche todo quede dispuesto para la operación. Aquí mis compañeros indicarán a ustedes lo que debe hacerse; yo, con permiso de todos, me voy a dormir.

Don Higinio, apenas comprendió que los médicos se habían marchado, llamó a su mujer, y con grande y enternecido amor la abrazó y besó.

—Puedes acostarte —la dijo—, duerme tranquila; esta noche no necesito nada... ¡Pobre Emilia mía!... Mañana a estas horas, probablemente, tampoco necesitaré nada...

Tenía unos terribles, sofocadores, deseos de llorar y de confesar su pueril mentira: una, dos, muchas veces... fue a hacerlo; pero siempre el orgullo que hace a Satán invencible, el orgullo que resiste a la muerte, se lo impidió. ¡No, no hablaría! Aunque con tenazas le partiesen los huesos y a túrdigas le arrancasen las entrañas, ¡no hablaría!...

Doña Emilia intentó darle una friega de alcohol, pero él rehusó; con un papelillo de salicilato tenía bastante.

Preguntó:

—Me han dicho que El Faro habla de mí, ¿es cierto? Dámelo.