Pero el héroe no se movía; a no ser porque respiraba, hubiéranle creído muerto. A su vez, doña Emilia le interpeló sollozante:
—Higinio... ¿no me oyes?...
Anselmo y Joaquín se acercaron, un poco inmutados por aquel silencio que parecía un síncope:
—Papá..., papá..., oye... ¿qué tienes?...
Entre don Fidel y don Salvador incorporaron al paciente, y Hernández le dio a beber un poco de agua con azahar. Don Higinio abrió los ojos.
—¿Qué, está usted mejor?... —preguntó Regatos.
—Sí, sí...
—¿Fue un mareo, verdad?...
—Sí, un mareo; ya pasó...
Miró a su alrededor y se acordó de todo, y le ayudó a recobrarse aquel perenne deseo de belleza y de heroísmo que ardía en él.