Idiotizado por el miedo, el héroe de la Grande Jatte, repitió:

—Hay que operarme...

—Sí, señor... Esto, claro es, si usted se decide a ello, porque, dada su condición de cardíaco, no he de ocultarle a usted que el caso es muy grave.

Don Higinio, a quien acababan de quitarle la almohada que tuvo bajo los riñones durante el reconocimiento, había vuelto a hundirse en el lecho con los párpados cerrados, yerto, blanco, como un cadáver dentro de su caja.

Transcurridos los momentos que juzgó necesarios para que el paciente se serenase, el doctor Regatos preguntó:

—Entonces ¿qué hacemos?...

Perea no contestó. La voz tonante de don Gregorio repitió la pregunta:

—¿Operamos?... ¡Hay que tener valor, canastos!...

Y después, en tono chancero:

—El trago, realmente, es duro.