—Exacto.

—Luego, desprendimiento del proyectil, seguido de dilaceraciones, tumefacción general, entorpecimientos en las funciones renales...

—Exacto, de acuerdo.

Don Gregorio Hernández no pudo reprimir una sonrisa satisfecha que mortificó a don Fidel y a don Salvador, celosos en aquel momento del triunfo alcanzado por el médico de Serranillas.

—Celebro —exclamó don Gregorio— que un compañero tan eminente como usted sea de mi opinión.

Nadie hablaba. Don Higinio estaba abobado, sin saber qué decir; le parecía soñar y llegó a preguntarse si su lance con el holandés del hotel de los Alpes no sería cierto. ¿Por qué no? Los hechos son reales cuando todo el mundo cree en ellos y los dice. Quiso hablar algo y no pudo. De su cabeza las ideas habían huido como avecillas asustadas; su voluntad, su memoria, su pensamiento, estaban rotos; se buscaba y no se reconocía; jamás, dentro de ninguna conciencia, hubo un vacío igual.

En el silencio de la habitación se percibía, semejante a un susurro, el llanto contenido de las mujeres. Reposadamente, con lentitud autoritaria y fría, el doctor Regatos, en quien todas las miradas estaban puestas, habló, y su voz fue cortante, implacable, como la del fiscal que se levanta a pedir una pena de muerte.

—Hay que operar —dijo.

Y luego, dirigiéndose a don Higinio, ratificó:

—Hay que operarle a usted.