Al ver convencido al doctor Regatos, su calma renació. Nuevamente dominaba la situación; era el protagonista, el héroe. ¿Pero este éxito no iba a costarle demasiado caro?... Volvió a temblar. Ahora medía el abismo que la opinión puso bajo sus pies; era el mismo donde Luisa Soucy, la camarera del hotel de los Alpes, halló la muerte.
—El volumen del proyectil —declaró Regatos quitándose los lentes— no influye notablemente en el proceso del mal: lo importante es que exista.
Hernández, que si renunciaba a la gloria de la operación, quería recabar para sí todo el mérito del diagnóstico, aprovechó el momento de silencio que siguió a estas palabras para decir:
—La línea seguida por la bala es terminante...
—Perfectamente clara —contestó el profesor de Ciudad Real.
—Una línea descendente, con horadación del peritoneo...
—Eso es.
—Y de los músculos que constituyen el cinturón abdominal.
—Muy bien.
—Hasta detenerse en el cuerpo de la décima vértebra.