Quitose los lentes, que limpió detenidamente con su pañuelo; se los volvió a poner; la luz le daba en los ojos y tenía que contraer los párpados para mirar. Don Fidel y don Salvador, muy asombrados, miraban a Hernández.

En aquel momento el espíritu extravagante y bizarro de don Higinio reaccionó: él, que poco antes estuvo abocado a decir la verdad, había sentido el terror de que su mentira se descubriese. En las pupilas de su mujer, de su cuñada, de sus hijos y de su yerno, creía haber visto un reflejo de duda, una vacilación que envolvía la esperanza de que todo iba a resolverse satisfactoriamente y de pronto, como se solucionan en los melodramas los peores conflictos, y en aquella ilusión parecía latir también un suave menosprecio. Por segunda vez las sienes del héroe se cubrieron de sudor; mas no por obra afeblecedora del miedo, sino por exacerbada exaltación de su orgullo. Prefería morir mil veces a confesar. Sin darle tiempo a Regatos de formarse una opinión, exclamó:

—Sí, doctor; nuestro amigo Hernández ha dicho bien; la cicatriz del balazo es esa.

El testimonio del enfermo era tan incontrovertible, que Regatos no supo qué argüir. Inmediatamente cambió de criterio; sus vacilaciones se aclararon; sin duda por la situación en que se hallaba, de cara a la luz, no había visto bien...

Sus dedos, sin embargo, tocaban y resobaban desconfiados la cicatriz. Buscaba una explicación.

—El revólver —dijo— sería de muy poco calibre.

Don Higinio repuso:

—Verdaderamente, no lo sé..., no recuerdo... Pero, sí; indudablemente era pequeño.

Este detalle ajaba un poco la importancia de su aventura; pero necesitaba ceder algo para colocarse en aquel término medio donde lo real y lo fantástico se mezclan; y sobre todo, él no podía haber obligado a míster Ruch a tirarle con un revólver de reglamento.

—El proyectil —añadió—, según el dictamen del médico que me asistió, era muy delgado; su diámetro sería la mitad del de un cigarrillo susini. ¡Casi nada!... ¡Y ha pasado desde entonces tanto tiempo!...