«Yo creo —pensaba el héroe— que Rembrandt ha pintado algo así...».
Don Gregorio señaló con un gesto la cicatriz que Perea, siendo muchacho, se produjo en el pecho con un cristal. Aparecía a la altura del cartílago xifoides y pintaba una especie de hendedura blanca bajo el espeso vello canoso que cubría el tórax.
—Ahí tenemos el orificio de entrada del proyectil.
El doctor Regatos repuso secamente, molestado por la inutilidad de la observación:
—Ya lo he visto.
Acercose para ver mejor y tuvo un movimiento de extrañeza.
—¿Esta es la herida?
—Sí, señor.
El profesor de Ciudad Real pareció muy sorprendido.
—Esta no es una herida de bala.