Inmediatamente los cuatro profesores se dispusieron a reconocer al enfermo. Este fue colocado en posición decúbito supino y con una almohada bajo los riñones para poner bien de relieve su vientre hinchado. Se trajeron más luces: doña Emilia, Teresita, Anselmo, Joaquín, Carmen y su marido estaban allí, formando alrededor del lecho un medio círculo palpitante y ansioso.

El doctor Regatos comenzó el examen: sus dedos ágiles, a intervalos se hundían en el abdomen redondo, casi caricaturesco, del héroe. Perea se quejaba, y a veces sus sufrimientos eran tan agudos que necesitaba morder la almohada para no prorrumpir en lamentos.

—¿Le duele a usted aquí?

—Sí, señor.

—¿Y aquí?

—También.

—¿Y aquí?... ¿Eh?... Aquí le dolerá a usted mucho más.

—¡Ay!... Sí, señor... ¡Ay!... ¡Mucho más!...

El suplicio le había bañado la frente en sudor; pero callaba, sostenido siempre por su bello deseo de quedar bien. El doctor Regatos, sin cesar de oprimirle la barriga con una mano, le puso la otra sobre el sacro. Perea dio un grito; el reúma parecía despedazarle las entrañas; iba a hablar...

El doctor Regatos le dejó, y con un estetoscopio, parsimoniosamente, le auscultó el corazón. Todos callaban. El paciente miraba despavorido a su alrededor, asombrándose de la lividez de los rostros, tan inmóviles y exangües, que casi se perdían en la gran blancura de la pared. Era una escena de inquisición o de hospital.