Las cejas del profesor de Ciudad Real tuvieron un leve temblor de aprobación y Pepe Fernández, satisfecho, se despidió.

El doctor Regatos había oído hablar diferentes veces de Perea como de uno de los hombres más acaudalados de Serranillas, pero ignoraba detalles de su vida. Quiso que sus compañeros le diesen algunos pormenores relativos a la constitución, costumbres, idiosincrasia y antecedentes patogénicos del enfermo.

—Nada sé —exclamó—; vengo a oscuras; únicamente creo que será indispensable operar a ese señor...

Don Gregorio tomó la palabra, y con la vehemencia y rudeza de voz en él habituales, comenzó su diagnóstico. De los progenitores gotosos o artríticos de Perea casi no habló, para antes llegar a la desordenada vida de don Higinio en París. Describió con pasmosa viveza de imaginación la lucha en la isla de la Grande Jatte, la corpulencia del holandés, la actitud en que don Higinio debía de hallarse al ser herido, y cuantas veces se interrumpía para respirar, don Salvador López y don Fidel Aranda hacían con la cabeza signos de aprobación, y el doctor Regatos, hermético y decorativo, murmuraba:

—Perfectamente; siga usted...

Hernández habló de cómo el proyectil, a consecuencia sin duda de algún esfuerzo, se había desarraigado del hueso donde estuvo preso, y de las gravísimas dilaceraciones, seguidas de tumefacción y de terribles dolores, que su descenso iba causando. Entonces explicó la pericarditis de don Higinio: esto era lo peor; si le operaban, ¿cómo rajarle el vientre sin darle cloroformo? Y si le cloroformizaban, ¿no era exponerse a matarle deteniéndole el corazón?...

Como un eco de la opinión, de la pública opinión, imbécil y perezosa, que raras veces se molesta en examinar la falsedad o certidumbre de lo que oye decir, el doctor Regatos repetía:

—Perfectamente; muy bien; prosiga usted...

Esta conversación ligera bastó a su conciencia: cuando los cuatro médicos llegaron al domicilio de Perea, el famoso profesor de Ciudad Real estaba tan convencido como el mismo Hernández de que don Higinio tenía una bala en el cuerpo. De una parte la sugestión del criterio rotundo, unánime, sin el menor resquicio abierto a la duda, de sus compañeros, y de otra su orgullo profesional, su vanidad y también su interés de realizar una operación que acrecentase su fama, y de la cual, tanto por su propio mérito como por la importancia del enfermo, seguramente hablarían los periódicos, fueron los motivos que afirmaron en su espíritu la convicción y la resolución inexorables de abrirle a don Higinio el abdomen.

Al verles aparecer, el héroe de la Grande Jatte experimentó un gran alivio. La opinión que le condenaba a muerte, podía, por razones sentimentales, ofuscar el buen juicio de su mujer y de sus hijos; pero en modo alguno nublaría el hondo, ecuánime y altísimo discurso de la ciencia; la ciencia no se equivoca tan fácilmente, ni a ella alcanzan las inanes chismografías del vulgo.