Don Fidel Aranda ratificó gravemente:
—No, señor, al contrario; todos sabemos lo mucho que vale el doctor Regatos.
Don Salvador López añadió, comedido:
—Ha pensado usted muy bien, amigo Hernández; usted es como se debe ser.
A la tarde siguiente don Gregorio Hernández, don Fidel y don Salvador fueron a la estación a recibir al doctor Regatos, que venía de Ciudad Real en el tren de las siete y cuarenta y tres. Efectivamente, llegó. Era un hombre cincuentón, lucio y alto, muy pulcro y apersonado, y de poca conversación, lo que le daba esa importancia que a todo, aun a lo más trivial, infunde el silencio. Envarado, tieso, reflexivo, tras sus lentes de oro, parecía un buen señor provinciano en el momento de retratarse. Don Gregorio, que le conocía, le presentó a sus compañeros, y juntos los cuatro se dirigieron al domicilio de Perea. La gente, al verles pasar, comentaba:
—Son los médicos que van a operar a don Higinio...
Al cruzar la plaza, Pepe Fernández les salió al encuentro; don Gregorio le presentó a sus colegas. El modesto director de El Faro miraba respetuosamente a la eminencia médica de Ciudad Real, cuya gravedad y sobrada estatura se imponían a todos. Sacó el último número de su periódico.
—Aquí hablo de ustedes...
Don Fidel y don Salvador, muy agradecidos, se apresuraron a leer en voz alta:
«Uno de estos días será operado en el vientre nuestro gran amigo don Higinio Perea, una de las figuras más conspicuas de la provincia. Dirigirá la operación, probablemente, el insigne doctor don Servando Regatos, gloria de la ciencia contemporánea, y los distinguidos médicos señores Hernández, Aranda y López.
»De todo corazón celebraremos el pronto restablecimiento del ilustre enfermo».