Don Salvador preguntó:
—¿Es cardíaco, tal vez?
—Ahí está la dificultad; sí, señor; es cardíaco. Perea es un hombre que ha abusado mucho de su corazón y muere de él.
Doña Lucía, presente a la conversación, masculló un largo suspiro lleno de recuerdos. Su marido continuó:
—De consiguiente, la disyuntiva que se ofrece a nuestra consideración es delicadísima; el paciente, ni puede tomar el cloroformo, ni puede tampoco, según mi modesto parecer, dejar de operarse. Su vida, como ven ustedes, se halla suspendida entre dos desenlaces fatales: o muere de peritonitis, o muere del corazón...
Tanto don Fidel Aranda como don Salvador López hacían lentos y graves signos afirmativos, hallando todas las razones aportadas por su compañero al diagnóstico de una claridad meridiana. Era la solidaridad criminal de muchos médicos que se abstienen de defender seriamente la vida de un enfermo por no contradecirse. ¡Infeliz don Higinio! A partir de aquel momento, ni don Salvador ni don Fidel sabrían servirse de su ciencia; no verían, no oirían; las palabras de don Gregorio, ahorrándoles el trabajo de formarse personalmente una opinión, gravitarían inexorables sobre sus sentidos como una venda. Todos parecían encantados de haberse puesto de acuerdo tan pronto.
—Veremos —observó don Fidel— lo que dice mañana el doctor Regatos, aunque estoy cierto de que no tendrá nada que añadir ni quitar a lo expuesto por nuestro colega.
Cuando terminaron de beber el café se marcharon al Casino, y muy bien abrigados, porque hacía frío. Durante el trayecto, don Salvador López expuso una duda:
—¿La operación la hará usted, don Gregorio?
—Hombre... ¡es lo lógico!, puesto que el médico de cabecera soy yo; pero pienso cederle mis derechos al doctor Regatos, y creo que a nadie ha de parecerle mal.