Don Higinio se sorprendía; él, a pesar de su condición de enfermo, estaba menos informado que el hijo de la señora Indalecia. Pero, ¿qué prodigiosas condiciones ecoicas tienen los pueblos que todo, aun lo más secreto, resuena y se vulgariza en seguida?...
Gasparito no se había equivocado; los médicos de Argamasilla y de Almodóvar se hallaban, efectivamente, en Serranillas desde hacía algunas horas.
Los dos, apenas echaron pie a tierra en la estación, sin avisarse y dóciles al espíritu de solidaridad, encamináronse a casa de Hernández. Necesitaban informarse del caso que iban a diagnosticar y querían conocer la opinión del médico de cabecera. Cuando llegaron al domicilio de don Gregorio, este y su mujer, que terminaban de almorzar, les invitaron a café. La dolencia que afligía a don Higinio sirvió de sobremesa. Tanto don Fidel Aranda, como don Salvador, sabían, desde muy antiguo, la historia del duelo habido entre Perea y un holandés en una isla del Sena, y esto les ayudó a ponerse de acuerdo en seguida. Eran dos pequeños espíritus oscuros, eclécticos, incapaces de comprometerse en una discusión.
—Pues, entonces —exclamó don Gregorio—, no necesitamos hablar mucho; la bala, que, según mis cálculos, permaneció incrustada años y años en el cuerpo de la décima vértebra, se ha desprendido y va desgarrando las membranas abdominales.
Don Fidel Aranda asintió:
—Perfectamente.
Y don Salvador López:
—Es claro...
Don Gregorio prosiguió:
—La bala entró por debajo de la apófisis xifoides y probablemente sin tocarla, y como el agresor era un hombre muy alto, el proyectil siguió en el vientre de nuestro amigo un plano descendente. Por fortuna no rompió ninguna asa intestinal, y así, en menos de dos semanas, la herida se cerró. Ya le reconocerán ustedes. A mi juicio, queridos compañeros, el pobre Perea se halla amenazado de una peritonitis; él dice que sufre un ataque de reúma visceral, pero me parece que no es sincero: la verdad es que tiene miedo a operarse.