—¿Por si me moría, verdad?...

—Padrino..., ¡no es que vaya usted a morirse!... ¡No lo permita Dios!... Pero, vamos, que el abrirle a un hombre la barriga siempre es grave.

—¿Y tu madre?

—Buena está, gracias. Fue ella, la pobre vieja, quien me dio la noticia; y dos velas le tiene ofrecidas a San Antonio, que estarán ardiendo hasta que usted se cure y volvamos a verle en la calle...

¡Dos velas!... ¡Como si no bastasen los hábitos de Nuestra Señora del Carmen vestidos por doña Emilia y Teresita!... Pero, ¿por qué rara asociación el cielo se levantaba también en contra de don Higinio? Luego, Perea, según reparaba en Gasparito, tan lindo, tan pinturero, con su piel de bronce, el ébano de sus aladares y la mucha gracia de su cuerpo ágil y vibrante, meditaba:

«¿De dónde habrá sacado la gente que este chiquillo es hijo mío?...».

Tras unos momentos de conversación, Gasparito pidió permiso para marcharse.

—Bueno, padrino; yo tengo que hacer en Manzanares; pero no me voy de aquí hasta saber lo que los médicos dicen de usted.

—Gracias, hombre.

—Ya sé que don Salvador, el médico de Almodóvar, y el de Argamasilla, don Fidel Aranda, han venido; el único que falta es el doctor Regatos, que llegará mañana.