—Todavía —exclamó— no pienso morir; además, yo sé que un instante de contricción basta a lavar las culpas de toda una vida.
—Así es, como usted dice —repuso Murillo—; pero también muchas veces la muerte suele herirnos sin avisarnos, por lo cual debemos llevar siempre el alma lo más limpia que nuestra carnal flaqueza lo permita.
El siguiente día lo pasó don Higinio lamentándose, y al atardecer sus dolores arreciaron con tal furia que fue necesario aplicarle una inyección de morfina. Por la noche llegaron de Ciudad Real sus hijos Anselmo y Joaquín, a quienes la brusca dolencia y gravedad de su padre había impresionado terriblemente. Don Higinio, entre sueños, les sentía voltejear alrededor del lecho, discutiendo en voz baja lo que debían hacer, y las palabras «operación», «bala» y «peritonitis» resonaban a cada momento en sus oídos. También el nombre de don Gregorio era repetido porfiadamente, como el leitmotiv de aquella pesadilla. Amodorrado por la morfina, el enfermo no podía hablar, pero aunque de manera confusa de casi todo se daba cuenta. Pasos tácitos de mujer susurraban en la quietud del dormitorio, y el roce de las faldas sobre el solado y el ruidito, apenas perceptible, con que manos cuidadosas cerraban o abrían la puerta de la habitación.
A la mañana siguiente doña Emilia recibió un telegrama del doctor Regatos, donde este anunciaba su llegada al otro día por la noche. Anselmo y Joaquín se indignaron; las celebridades gustan de la lentitud porque es teatral; debían buscar otro médico. Pero don Higinio se opuso terminantemente: él podía esperar; dentro de la reconocida gravedad de su estado, se hallaba bien y no tenía prisa...
Teresita se acercó a su cuñado y con mucho misterio:
—Ahí está Gasparito, que quiere verte.
—¡Ah!... ¿Gasparito?... ¡Pues, que entre Gasparito!...
Y sonrió, considerando su situación para con aquel muchacho cuya paternidad le atribuían. Doña Emilia y sus hijos se retiraron discretamente; sus almas buenas, allá en lo más arcano compadecían el dolor del bastardo.
Gasparito se acercó a su padrino, a quien no veía desde muchos meses atrás, y con toda unción y respeto le besó la mano. Sus ojos gitanos, negros, grandes y luminosos, tenían huellas recientes de haber llorado.
—En Manzanares supe lo de la operación —dijo— y quise verle a usted antes.