Las tres mujeres se habían levantado con una gran vehemencia de ufanía, creyendo que, al cabo, el enfermo accedía a sus ruegos. Don Higinio manteníase inmóvil, los ojos medio cerrados, meditando. Su espíritu griego, su alma noble enamorada de lo bello, pensaba:
«Nada importa morir, si se muere bien...».
Súbitamente sus anchas pupilas azules se iluminaron; bajo los párpados que acababan de levantarse con brusco alborozo, la divina ilusión renacía. La ciencia aún podía salvarle; la ciencia, representada por unos cuantos médicos doctos, comprendería que su mal era reumático y no consentiría que la infamia de abrirle el vientre, como a un marrano, se consumase, y así él, pese a todo, libraría su prestigio. En esto estaban el honor y la vida.
—Yo me dejo operar —dijo—; pero, como no me fío de don Gregorio, necesito que haya junta de médicos. Podéis avisar, desde luego, a don Salvador López, que vive en Almodóvar, y al doctor Regatos, de Ciudad Real, y a otro más, si queréis... Decidles que vengan en seguida, porque el caso urge, y lo que ellos decidan eso haré.
Y agregó, esperanzado y alegre:
—Ahora, por lo pronto, ponedme otro emplasto de linaza y dejadme dormir.
Cuando estuvo solo experimentó una satisfacción tan honda y subidísima que le movió a risa. Aquella reunión de médicos no le costaría menos de dos mil quinientas a tres mil pesetas; pero la vida y la honra, ¿no valían mucho más?... El doctor Regatos, especialmente, uno de los médicos más notables de la provincia, no podía equivocarse como don Gregorio; el sabio doctor le reconocería, vería que era un artrítico crónico, y, convencido de que la bala del holandés no se había movido, le curaría de suerte que ni su historia ni su piel padeciesen merma ninguna.
Por la tarde recibió don Higinio la visita del cura. El pobre don Tomás estaba ya muy viejo, y sobre la raída negrura de su balandrán, su cabeza lívida, en la que parecía no quedar ni un glóbulo de sangre, tenía un melancólico temblor de ancianidad.
—Yo creía —dijo al entrar— que le operaban a usted hoy.
Cuando supo que habría junta de médicos demostró alegrarse; antes de lanzarse a una operación grave, siempre era prudente oír el parecer de buenos profesores. Su voz dulce, indulgente, acariciadora, con monotonía de oración, producía en el héroe una cristiana laxitud, una especie de suave y humilde indiferencia hacia todo. Cuando el cura se levantó para marcharse, don Higinio le estrechó la mano con rudeza optimista.