—Sí, papaíto...

Y continuaba besándole:

—Papaíto de mi alma, papá valiente..., es necesario que te operes...

El vencedor de la Grande Jatte sintió una torva, colosal, indescriptible angustia; la misma congoja que Julio César experimentaría cuando Bruto, su hijo, alzó su cuchillo contra él. Al principio creyó que únicamente sus amigos del Casino querían verle operar y no se asustó.

«Mi familia —reflexionaba— no puede consentir ese dislate, y el sacrificio, aunque yo adopte una actitud de heroica pasividad, no se llevará a efecto».

El malpocado no supuso que la terrible fuerza invasora de la opinión penetraría en su hogar, y, rápidamente, una a una, ganaría todas las voluntades. Ahora eran su cuñada, su mujer, su hija, las que de rodillas pedían su muerte. La mentira trágica, elaborada, madurada espaciosamente a lo largo de los años, de pronto florecía y sus frutos prometían ser de sangre.

«Me mata la opinión» —pensó.

Después, según sus ideas se coordinaban en la agitación grimosa de su espíritu, fue reconociendo el modo admirable que su invención tuvo de ir plasmándose y cobrando validez sustantiva. El marido de Leopoldina, aquel míster Ruch a quien él tanto había afrentado y groseramente vilipendiado a los ojos de todo un pueblo, ahora, de súbito, parecía surgir de su tumba de la isla del Sena para exigirle cuentas crueles de sus acciones y palabras. ¡Oh, milagro!... Como los hombres, al morir, se truecan en ideas, en recuerdos, ¿será cierto que, de igual modo, las supercherías, vividas intensamente, se conviertan en realidad?... ¿Luego lo objetivo no existe sin nosotros?... ¿Luego los nominalistas, discípulos de Abelardo, tienen razón?...

«Es el holandés, mi enemigo —repetía don Higinio—, quien al fin me vence, y la puñalada que yo dije haberle dado en el corazón, me la asesta él a mí en el vientre con el bisturí de don Gregorio».

Perea lanzó un grito de cólera; sus energías se sublevaron; ¡no quería morir!... y bajo su bigote sus labios se abrieron trémulos, lívidos, dispuestos a declarar la verdad. Pero en aquel instante mismo su orgullo y su valentía reaccionaron, y nada dijo.