Perea se atusaba el bigote lentamente, la vista puesta en el techo, inmóvil, impasible, con la gravedad triste del reo que está oyendo leer su sentencia.

—¡Eso cree don Cándido! —murmuró.

Bebiéndose las lágrimas, prosiguió doña Emilia:

—Nosotras, en nombre de todos, venimos a rogarte que te decidas a la operación. No tengas miedo, Higinio mío, no tengas miedo. Dios querrá salvar tu vida; nosotras hemos rezado mucho por ti y seguiremos orando día y noche hasta verte sano y alegre. ¿Tú serás valiente, verdad?... A tu lado estaremos todos. Dicen don Gregorio y don Cándido que la hinchazón del vientre es un principio de peritonitis, y que si aumenta será imposible curarte y morirás rabiando. ¡Morir!... ¡Por Dios! ¡Yo no quiero verte morir!... ¡Muera yo antes mil veces, le pido a la Virgen!...

El raudal de sus lágrimas se desató de modo que la impidió seguir hablando. Hundió el rostro en el lecho, y agotada, dejose caer sobre los talones; sus pobres hombros temblaban convulsos de dolor. Teresita, fijos en su cuñado los ojos afligidos y humildes, repetía:

—Higinio..., ya ves..., necesitas decidirte...; tú no has sido malo, Dios no te abandonará...

En aquel momento apareció Carmen; su madre levantó la cabeza.

—¿Has escrito a tus hermanos? —preguntó.

—No, ¿para qué?... Hasta no saber lo que papá resuelve...

Acercose a este y en las mejillas y sobre la frente diole muchos besos.