Y, casi a la vez, clavando en los ojos de Perea los suyos implorantes y mojados en llanto copiosísimo:
—Es preciso que te dejes operar —balbucearon—; es preciso...
El enfermo ni siquiera tuvo fuerzas para asustarse; desfallecido, abúlico, murmuró:
—Pero, ¿será posible que vosotras también creáis en eso?...
—Nosotras, sí; ¡ya lo creo!...
—¿Por qué?
—Lo ha dicho don Gregorio; lo dice todo el mundo.
—Pero es que don Gregorio, que no es ninguna notabilidad, puede equivocarse; vosotras sabéis que su especialidad es equivocarse... ¿Y si lo que tengo fuese reúma?...
Doña Emilia, sin cesar de besar la mano de su marido, replicó:
—Es que la opinión de don Gregorio es la de todas las personas con quienes hemos hablado: el notario, Julio Cenén, Gutiérrez, don Tomás... piensan lo mismo. No hay tal reúma. Don Cándido y su mujer, cuando fui a comprar anoche los salicilatos, exclamaron: «Todas estas son tonterías y ganas de perder el tiempo; mientras Higinio no se resuelva a extraerse la bala irá de mal en peor».