Don Higinio experimentaba la desesperante angustia del hombre que cayó en un lodazal y se siente hundir lentamente en el barro. ¿Cómo llamar a su mujer y a Teresita para decirlas: «Quitaos esos hábitos y no recéis por la salvación de personas que solo vivieron en mi espíritu...»? ¿Cómo confesar a doña Lucía: «He robado tus besos; yo no merezco tu estimación ni la honestidad que me sacrificaste; ten vergüenza de mí; te he estafado; yo no soy el hombre galán y espadachín que tú creías...»? ¿Cómo, en fin, arrastrar la befa de la opinión, arrancándose de la frente, para tirarlo a los pies del populacho, su airón de mosquetero?... ¿Acaso no era este sacrificio suicida más doloroso que la misma muerte?...
Al día siguiente, durante el transcurso de su mañana, don Higinio estuvo oyendo el murmullo de los pasos y de las conversaciones de muchas personas que iban a informarse de su salud. El amante de Leopoldina había ordenado que no dejasen entrar en su aposento a nadie; empezaba a tener miedo de aquella muchedumbre interesada, al parecer, en verle morir. No obstante, por la voz reconoció a varios visitantes, entre ellos al cura don Tomás Murillo, a Pepe Fernández, a don Remigio el maestro y a Juan Pantaleón. El rumor de sus diálogos era el eco indagador, impaciente y sanguinario de todo el pueblo, para quien la operación de don Higinio empezaba a tener el interés de una pena capital.
«Son ellos —pensaba el héroe—, los desocupados, los curiosos, los sedientos de emociones bárbaras, que vienen a indagar el día de mi ejecución...».
Por la tarde sus dolores arreciaron y pidió a grandes voces un papelillo de salicilato. Después, aliviado instantáneamente, se durmió. Al despertar, sorprendiose de ver a doña Emilia y a Teresita arrodilladas cada una a un lado del lecho.
—¿Qué hacéis ahí?...
Ellas cogieron las manos del héroe, y muy despacio y con mucho amor empezaron a besárselas. Según dijeron, hacía largo rato que estaban allí.
—Queremos —murmuró Teresita— pedirte un favor; Emilia te lo dirá; yo no me atrevo...
Doña Emilia interrumpió a su hermana:
—Se lo decimos las dos; es lo convenido.
—Bueno..., pues..., ¡las dos!...