—Bastante.

—¿Los riñones, verdad?... Me lo explicaba don Gregorio anoche.

—Sí, los riñones; y también el vientre; lo tengo hinchado.

El notario, Gutiérrez, Julio Cenén y don Cándido, hacían mohines de perplejidad y disgusto. Todos compadecían a don Higinio, y cuál más, cuál menos, sentía remordimientos de haber ayudado con sus consejos a que fuese a París.

—¡Pero cómo viene la desgracia! —decían—, ¡quién iba a creer que una herida tan vieja!...

Distraído, llevado de su costumbre de mentir, enredándose cada vez más en aquella fatal leyenda de heroísmo, de cuyo prestigio cuidaba como de un fuego sacro, Perea repuso suspirando, resignado y sentimental:

—¡Estas son cosas de hombres!...

Tampoco aquella noche el héroe de la Grande Jatte pudo dormir. Por momentos sus dudas eran más lancinantes y pavorosas: había caído en una trampa; reconocíase acosado por todos y preso en una callejuela sin salida. Los leales amigos que iban a visitarle representaban la opinión colectiva; el pueblo que admiró su valor quería saberle curado, para que durante largos años continuara sirviendo de prez, honra y legítima vanidad a Serranillas. La muchedumbre, a un mismo tiempo buena, curiosa y cruel, necesitaba ver la bala, asistir desde lejos a la operación, oír de los autorizados labios de don Gregorio qué extraordinaria disposición y volumen tenían las temerarias entrañas del gran hombre. Evidentemente este peligro era imaginario; don Higinio, con solo una palabra sincera, podía destruir el aciago diagnóstico del médico; mas para ello necesitaba borrar su historia de bravo, aquella breve y ardiente historia mantenida, primero, con embustes, afirmada más tarde por los próceres alardes de su aventurero corazón. La mentira había arraigado demasiado en la conciencia social para que pudiera ser demolida sin riesgo; las fantasías, convertidas por obra del tiempo en realidad, constituyen bloques compactos, tenaces, y de una solidez perfectamente objetiva.

Ahora, al escudriñar su situación y hallarse amenazado por la majestad dramática de su obra, don Higinio Perea comprendía la implacable coalición formada contra él por los millares de sentimientos nacidos en torno suyo al poético calor de su mentira. Los más mortificantes, por ser los más ridículos, eran los detalles pequeños: aquellas miradas, aquellas gestos de aparente tristeza, aquellas medias frases hipócritas que durante cerca de veinte años fueron perfeccionando, burilando y esclareciendo la maravilla de su superchería. Se acordaba de los falsos suspirones con que interrumpió tantas noches el sueño pacífico de su mujer; la escena bufa del retrato quemado; la inverecunda exhibición de los periódicos, donde, según él, constaban los pormenores de su hombrada, y en los cuales tropezó sin gloria la virtud de doña Lucía; su pasividad cínica cuando doña Emilia entregó dos mil reales de sus ahorros al miserable que una mañana le amenazó con descubrir a la justicia su crimen; la avilantez, en fin, con que, burlándose impíamente de las más respetables creencias, permitió que su esposa y su cuñada vistiesen de por vida el hábito del Carmen y oyesen misas por el eterno descanso de la italiana y del holandés...

Al presente todos estos pormenores se volvían contra la ordinariez de su vientre tumefacto y reumático como puntas de espadas. Sin saberlo, la opinión, obligándole a sufrir una operación inútil y mortal, parecía querer vengarse bárbaramente de su mentira. ¿Cómo hurtar el peligro? ¿Cómo librar la vida del cuerpo, sin caer en el ridículo, muerte del alma? ¿Cómo, sin que le acuchillasen la piel, salvar intacta la dignidad?...