—Tal vez... —murmuró.
No hubiese querido contestar afirmativamente; pero, ¿qué iba a hacer?... Admitiendo la leyenda de la isla de la Grande Jatte, ¿por qué no establecer conexiones entre el balazo del holandés y la salvación de Evarista? Lo uno explicaba lo otro, y él no podía rebelarse contra aquel lógico hilvanamiento de hechos; la mentira lanzada una tarde entre la alegría de dos copas de coñac proseguía triunfante su camino y era casi imposible detenerla; la opinión de los millares de personas que comulgaron en ella habíala conferido autoridad irrevocable; era un caso de inercia moral, una especie de cuesta abajo que un hombre, don Higinio Perea, rodaba impulsado por el parecer asesino de muchos hombres.
Don Cándido se levantó:
—¿Vámonos, amigo Cenén?
—Como usted guste. Son las ocho: hora de cenar.
Ya se marchaban cuando llegaron el notario Arribas y Gutiérrez con otros dos amigos. Venían de jugar unas carambolas en la fonda de don Justo. Todos saludaron a don Higinio efusivamente, y Perea supo agradecerles la visita con corteses y bien peinadas razones. El notario tomó asiento: la dilatación de su vientre, que le obligaba a retreparse mucho, su alentar fatigoso y sus ojos grandes, muy abiertos, le daban el aspecto de un hombre asustado.
—¿Cuándo es la operación? —exclamó—. En el Casino decían que era mañana.
Don Higinio, que ya esperaba la pregunta, adoptó un gesto de irreductible impasibilidad:
—No lo sé aún —dijo—; ya veremos. Mañana, desde luego, no ha de ser.
—¿Sufre usted mucho?