A poco llegó Julio Cenén, con sus pantalones muy cortos, su chaquet azul y su reducida cabecita de pájaro, llena de inconsciencia y de movilidad.

—¡Hola, don Higinio!... ¿Qué hay?... Ya me han dicho, lo supe anoche...

—¿Qué ha sabido usted?...

—Lo de la operación. ¿Cuándo será?...

—Precisamente lo preguntaba yo hace un momento —exclamó don Cándido.

El secretario del Ayuntamiento pidió al farmacéutico algunos detalles.

—¿De modo que la bala, según parece, se ha desprendido del hueso?

—Eso asegura don Gregorio.

—Y es indudable: hace un instante estaban explicándolo en el Casino. Gutiérrez sostenía que el desprendimiento del proyectil proviene de un esfuerzo. Yo entonces me acordé del incendio que hubo en el callejón del Hombre Ahorcado, cuando aquí, nuestro amigo, salvó de entre las llamas a Evarista, la hija de Matilde la cintera. ¿Eh, Perea?... ¿Le parece a usted que tengo razón? ¿No sería entonces?...

Don Higinio tuvo un alzamiento de hombros despreciativo, genuinamente heroico, hacia aquella tarde en que, lanzándose a través de una hoguera, se jugó la vida.