Dicho esto se marchó furioso, resoplante y encendido, sin atender a las conciliadoras voces con que don Higinio le llamaba; y al portazo tremebundo que dio al salir, los cuadros se estremecieron sobre las paredes y todo el dormitorio vibró como un tambor.

XII

La tarde transcurrió sin incidentes; Perea continuaba aplicándose los fomentos de harina de linaza, y ordenó que le trajesen un poco de yoduro.

Ya de noche, el boticario fue a visitarle; su figura alta, barrigona y dulce, complació al enfermo, que empezaba a aburrirse de que le dejasen tan solo. Don Cándido disculpó su tardanza en venir; llevaba tres días sin pisar la calle, porque su hijo había necesitado ir a Ciudad Real y la farmacia no podía quedarse sola.

—Yo sabía por don Gregorio que estaba usted enfermo. ¡Qué diablos!... ¡Quién iba a pensarlo!, ¿verdad?...

Don Higinio se inmutó:

—¿El qué?...

—Nada, eso..., lo de la bala... ¡Ya ve usted! ¡Una herida tan antigua!... Y el peligro, realmente, no está en la operación, sino en la lesión cardíaca que usted padece. En fin, el caso no es desesperado ni mucho menos; ya sabe usted que la moderna cirugía realiza milagros..., ¡verdaderos milagros!...

Perea no respondió; estaba absorto y como petrificado. Aterrado, volvía a preguntarse:

«Pero, Señor..., ¿qué inevitable maleficio hay suspendido sobre mí?...».