—¿Qué tal se ha dormido?
—Bastante mal, amigo mío —repuso Perea—; bastante mal; peor que ayer.
En efecto, estaba pálido, y sus barbas rucias y crecidas le aviejaban deplorablemente. Don Gregorio, por debajo de las mantas, le palpó el vientre, que halló más duro y crecido que la víspera.
—Esto —dijo— va en auge.
Sacó un cigarrillo, le mudó el papel y lo encendió con lentitud estudiada, esperando a que don Higinio reflexionase. Después:
—¿Y bien? ¿Qué hacemos? Es imposible andarse por las ramas: ¿qué ha resuelto usted de la operación?...
El héroe detuvo en su interlocutor una mirada indefinible.
—¿No cree usted —murmuró suavemente— que para el reúma son buenos los salicilatos?... También, en otras ocasiones, he tomado yoduro...
Hernández se levantó indignado, y su rostro noble y rudo expresaba desdén.
—¡Amigo mío, no le creía a usted tan pusilánime!... Dicen que los años afeminan a los hombres, y es verdad. Lo veo en usted. Curarse una herida de bala con salicilatos o con yoduro, es lo mismo que ir a cazar liebres con una guitarra. Ya he dicho mi opinión y no volveré a repetirla: hay que operar, ¿estamos?; hay que operar, pues de lo contrario se muere usted. ¿Lo ha oído usted bien, lo ha comprendido usted bien?... Antes de ocho días se muere usted rabiando como un perro; pero, así, ¡como un perro!... ¿Hablo claro?... ¡Ahora, haga usted lo que quiera! Por mi parte, mientras usted no cambie de criterio, doy por concluida aquí mi misión y me retiro.