—Es lo mejor —dijo— porque el láudano no cura, pero encalma, y la linaza es un buen emoliente. Procure usted no moverse y permanecer boca arriba todo el tiempo posible; así retardaremos el movimiento de avance de la bala. Como alimento, nada más que leche y, si acaso, un poquito de caldo...
Apenas se fue Hernández, doña Emilia, Carmen y Teresita reaparecieron; querían saber lo que el médico había dicho, y don Higinio, tanto para satisfacer aquella afectuosa solicitud, como por que le dejasen en paz, informolas de todo minuciosamente. Ellas, paradas delante de la cama, le escuchaban silenciosas, clavados en él sus ojos implorantes, llenos de lágrimas. También pidió el héroe los fomentos de harina de linaza que le habían prescrito, y habiendo recibido el primero, casi abrasando, sobre la barriga, rogó que le dejasen solo.
En la media luz del dormitorio, apenas le rodeó el silencio, don Higinio Perea sintió desentumecerse en su interior una nueva y extravagante inquietud. Era algo parecido a un mal presentimiento. El estaba bien seguro de que todo aquello de la peritonitis explicado por don Gregorio con fraseología gárrula era, sencillamente, un mondo y formidable disparate. Sin embargo, el criterio del médico le preocupaba; diríase que su opinión era una amenaza real, un peligro verdadero, tangente, que vivía fuera de él y podía herirle; una fuerza enemiga contra la que acaso necesitase esgrimir su voluntad.
Al anochecer, doña Emilia y Teresita entraron en el dormitorio, y sus hábitos del Carmen impresionaron desagradablemente a Perea, sugiriéndole la emoción de hallarse muy enfermo. Las dos hermanas volvían de casa de don Gregorio y de hablar con él. Comentaron su conversación; Hernández, a quien sorprendieron estudiando sobre un atlas anatómico la herida de don Higinio, las había reiterado la absoluta necesidad y urgencia de la operación; doña Lucía opinaba lo mismo; y como de pronto se interrumpiesen, el galán del hotel de los Alpes, que estuvo escuchándolas atento, preguntó:
—¿Y vosotras?... ¿Qué pensáis vosotras?...
Ninguna de ellas se decidía a responder, y mirábanse asustadas, como encomendándose mutuamente el trabajo de hablar. Era la indecisión caritativa de las personas comisionadas de recordarle a un moribundo la oportunidad de dictar su testamento. Al cabo, doña Emilia, más resuelta:
—Nosotras creemos —dijo— que debes operarte; la idea de que te abran el vientre me horripila; yo sé que tu operación me cuesta una enfermedad... Pero, ¡si de ello depende tu salud!...
Don Higinio volvió a estremecerse; un gran frío recorrió sus miembros; aquel mismo frío que el médico, al marcharse, le dejó en la conciencia. Un halo siniestro le circundaba; él lo sentía crecer a su alrededor, espesarse, adquirir consistencia palpable, y no podía evitarlo. Pero ¿es que su mujer y su cuñada, las personas que más le querían, contagiadas de la charladora y pedantesca ignorancia de Hernández, hablaban formalmente de ponerle los intestinos al sol para extraerle una bala imaginaria?...
El paladín de la Grande Jatte, entre los dolores del reúma y el recuerdo de la mortal conjura que iba cubriéndole, no pudo cerrar los ojos en toda la noche.
Muy de mañana don Gregorio fue a verle.