Perea tuvo un gesto de cansancio y desdén. Don Gregorio insistió:

—Usted me llamará machacón; pero yo estoy obligado a decirle lo que mi buena amistad y leal saber me aconsejan: vamos derechos a la peritonitis. ¿Lo quiere usted más claro? Pues bien; usted necesita operarse inmediatamente. Si yo no le inspiro confianza suficiente, llamemos a otro médico o a varios médicos, y seguro estoy de que dirán lo mismo: que debe usted dejarse operar antes de que la tumefacción de los tejidos imposibilite toda acción quirúrgica. La dificultad capital, sépalo usted de una vez, estriba en que para resistir una operación así es indispensable cloroformizarse, y usted no puede tomar el cloroformo porque es cardíaco.

Don Higinio miraba al techo; parecía tranquilo, como si no midiese bien el terrible dilema en que la ciencia de don Gregorio le colocaba. Hernández añadió:

—Yo le invito a meditar en esto; pero en seguida, pues el extremado riesgo de la situación permite que cada minuto tenga para nosotros la importancia, de una hora. A usted, que ha expuesto la piel tantas veces, la muerte no puede asustarle; por eso hablo así: ha llegado el momento, querido amigo, de jugarse la vida a una carta; o poniéndonos en lo peor: de elegir entre dos muertes: dulce, suave, totalmente inconsciente, una de ellas, la del cloroformo; terrible, desesperada, llena de indescriptibles convulsiones, la otra, la de la peritonitis. Sin vacilar, yo escogería la primera. Cloroformizándose, siempre le quedan a usted esperanzas legítimas de salvarse; en cambio, dejando que la hinchazón siga su curso, va usted a un desenlace fatal. ¿Qué hacemos entonces?...

El héroe de la Grande Jatte se rascó la cabeza, se atusó el bigote, se frotó la nariz, volvió a un lado y otro sus nobles ojos azules. Después, majestuoso, con la lentitud reflexiva del hombre que, sintiendo su fin cercano, se dispone a testar, repuso:

—Querido don Gregorio, mi situación es demasiado difícil para resuelta de pronto; tengo muchos negocios pendientes; tengo también muchos afectos entrañables que me ligan a la vida y me la hacen amable. Morir no es nada... ¡nada!... un parpadeo y se acabó. Pero ¿y lo otro? ¿Cómo despedirse de todo aquello en que puso uno su corazón?... Déjeme usted pensar..., ordenar mis ideas..., hablar con mi conciencia... ¿Eh? ¿Le parece a usted bien?... Yo le avisaré a usted mañana...

En el acento con que estas atinadas razones fueron dichas, palpitaba un dejo de ironía y buen humor.

Y agregó:

—Ahora, provisionalmente, para mitigar un poco los dolores del vientre, ¿qué me aconseja usted?...

Don Gregorio le recomendó aplicarse de hora en hora en el vientre fomentos calientes de harina de linaza, aderezados con gotas de láudano.