—¿Y si la bala se hubiera estado quietecita y esto no fuese más que reúma?... Perdone usted mi insistencia, pero yo...
Hernández, con ese fanatismo especial que ponen los médicos en la defensa de sus opiniones, no le dejó concluir.
—No, señor, no es reúma —gritó—; yo le aseguro a usted que no es reúma. No niego la existencia de pleuritis y peritonitis reumáticas, motivadas por la acción directa de la sustancia tóxica específica, o acaso por una pericarditis reumática. Usted tiene el vientre inflamado, y pudiera ocurrir que dicha inflamación se hubiese transmitido desde el pericardio a la pleura y de esta al peritoneo, en cuyo caso la dolencia quedaría reducida, en último término, a un catarro gástrico. Esta explicación es la inmediata, la más sencilla, por no decir la única, tratándose de un hombre que no hubiera sido herido; pero no olvidemos que usted lleva una bala dentro y que ese trozo de plomo, estimando ciertos síntomas que son más para sentidos por el médico que para explicados, indudablemente acaba de deslizarse fuera de la cara anterior del cuerpo de la vértebra donde por espacio de doce o quince años estuvo presa, y lo hace suspendiendo sobre la vida de usted el terrible peligro de la peritonitis.
Disertó dilatadamente y con una abundancia pedantesca, que, no obstante su oscuridad, así maravillaba como afligía a su auditorio. Escuchándole, don Higinio pensaba socarrón: «¡Lucido estás, si siempre aciertas como ahora!...».
Nuevamente don Gregorio rogó a las señoras que se marchasen; necesitaba hablar con el enfermo a solas un momento. Ellas retiráronse con sigilosos pasos, una tras otra, la cabeza inclinada sobre el pecho y debajo de la nariz el pañuelo empapado en lágrimas. Apenas Teresita, que iba la última, cerró la puerta, Hernández se instaló al borde del lecho y su voz y su rostro reflejaron una intensa emoción paternal.
—¿Sufre usted mucho? —preguntó.
—Bastante. El dolor empieza aquí detrás, a la altura de las caderas, y alcanza hasta el empeine...
Don Higinio se tocaba la amplitud de su abdomen, duro y redondo.
—Lo tengo hinchado —repetía—; es innegable que lo tengo hinchado.
—Vamos derechos a la peritonitis...