—Ahora necesito saber si la convalecencia de usted fue rápida.
Don Higinio, aturdido, arrastrado por la fuerza de la situación en que estaba, declaró:
—Sí, rápida... Yo no recuerdo exactamente... ¡Han pasado tantos años! Pero, sí... desde luego, duró poco.
—¿Unos quince días?
—Eso es: un par de semanas, o menos; calculemos doce días...
Su mujer intervino en aquella, al parecer, interesantísima ordenación de fechas:
—Yo sé que cuando te hallabas en París pasaste dieciocho días justos sin escribirme. ¿No serían esos los de tu enfermedad?...
Don Higinio hizo un mohín ambiguo.
—Es lo mismo —interrumpió don Gregorio—; cinco días más o menos no modifican lo que voy a decir. La bala, que de haber roto alguna asa intestinal hubiese acarreado la peritonitis y en seguida la muerte, es indudable que perforó el peritoneo y la cavidad abdominal, sin lesionar ninguno de los grandes vasos del tronco celíaco ni otros órganos capitales. A esta casualidad, verdaderamente milagrosa, debemos atribuir que la cicatrización de la herida fuese tan rápida. Ahora bien; los años han pasado, usted sabe que los cuerpos vivos tienen una marcadísima inclinación a desechar cuantos objetos extraños pudiera haber en ellos, y así los libros consignan numerosos casos de individuos que habiéndose tragado una aguja, verbigracia, mucho tiempo después se la encontraron en una pierna o en un pie. Esto es lo que aquí ha sucedido: la acción eliminadora, lentísima, pero cierta, del hueso, por una parte, y de otra algún movimiento o esfuerzo que usted ha realizado, consiguieron expulsar al proyectil de la especie de celdilla o alveolo que él mismo, al hundirse en el espinazo, se había formado. En estos momentos la bala, cumpliendo la ley de gravedad, va bajando, y lo hace desgarrando cuantas fibras, ligamentos y tejidos encuentra a su paso; quizás alcance al duodeno, parte del intestino delgado adherido a la parte posterior del abdomen, y al mesenterio... Esos dolores de riñones que usted siente señalan la trayectoria que sigue el proyectil. Si hubiese aquí un encerado, yo la pintaría; esto, en cirugía, es una especie de tópico, algo que se ve...
Aunque completamente derrotado bajo la terrible coalición formada por su propia mentira y la irritante ignorancia del médico, el desventurado don Higinio aún se atrevió a insinuar: