—Sí, señor.
—¿Más alto que yo, tal vez?...
El enfermo advirtió que su mujer, su hija y su cuñada le miraban fijamente, desesperadamente, invitándole a recordar bien, a no olvidar o descuidar ningún detalle. Sus cejas se fruncieron, como si ayudasen con aquel movimiento a la memoria.
—No, me parece que no —declaró con la parsimonia de quien mide y sospesa bien sus palabras—; míster Ruch sería como usted.
Don Gregorio, repuso:
—Eso creía yo, no sé por qué. Pues, bien; la bala que un hombre de mi estatura disparase sobre usted, al penetrar por debajo del apéndice xifoides, que es donde aparece el orificio de entrada del proyectil, seguiría una línea descendente, hasta tropezar en el raquis o columna dorsal, a la altura próximamente de la décima vértebra.
Las manazas del médico trazaban en el aire figuras geométricas.
—¿Ve usted? La bala entra por aquí y sigue hacia abajo...
Las mujeres hacían signos afirmativos; don Gregorio tenía razón: su explicación era sucinta, terminante. ¡Lo que es la ciencia!... Creían estar viendo la bala...
Hernández continuó: