—Bueno —dijo—; suponiendo que tenga usted razón, ¿qué cree usted que debemos hacer?...

Don Gregorio tuvo un ademán de indecisión que el paciente se apresuró a desvanecer; con él se podía hablar de todo: era «un hombre».

—Ya lo sé —replicó el médico—, ya lo sé; por consiguiente, expresaré mi opinión sin ambages. Amigo Perea, la situación en que usted se halla es comprometidísima: hay que operarle a usted.

—¿Operarme? —repitió don Higinio que, a pesar de su indiscutible valor, había sentido palidecer sus mejillas.

—Sí, señor.

—¿Operarme qué? ¿Dónde?

—¡Oh!... Nada más sencillo: abrirle a usted el vientre y sacarle el proyectil.

Estas palabras de tal manera pasmaron y suspendieron el ánimo de las mujeres, que, como por ensalmo, cesó su llanto. Hubo un dilatado y absoluto silencio. Don Higinio, no sabiendo qué actitud adoptar, encendió un cigarrillo; tan pronto se asustaba, como tenía ganas de echarse a reír, o el sufrimiento imponía a su rostro algún ridículo visaje.

Hernández había comenzado a exponer un terrible diagnóstico.

—¿Usted no me ha dicho que el holandés era un hombre alto?