—Está usted equivocado, amigo Perea.
Con la terquedad del médico, don Higinio empezaba a irritarse:
—Pero, ¿por qué no había de ser reúma?
Hernández, a su vez, dio una terrible voz.
—¿Y por qué no había de ser la bala, que, desprendida al fin del hueso donde estuvo alojada, al descender ahora obedeciendo a la gravedad, le produce a usted esos dolores de que se queja? Deme usted una razón siquiera en contra de lo que digo: ¿por qué no había de ser la bala?...
Como la cobarde y pesimista complexión humana, por obra de su misma poquedad y follonería, inclínase siempre a creer lo más malo, desde el primer momento, así doña Emilia, como Teresita y Carmen, rindieron su confianza a la opinión de don Gregorio; y apenas oyeron que la vengativa bala del holandés era la causa de los tenaces dolores que afligían al cabeza de familia, cuando se arrojaron unas en brazos de otras, deshaciéndose en lágrimas, sollozos e imprecaciones furibundas. Doña Emilia, especialmente, tuvo inflexiones de voz, encendidas miradas y gestos dignos de la tragedia griega. Olvidada de la mansedumbre a que su hábito parecía obligarla, mordíase los puños y zapateaba el suelo como si allí, bajo sus pies, tuviese a la italiana del hotel de los Alpes. Recordaba su retrato, roto y quemado en el jardín; la veía entre pieles, orgullosa de su belleza incitante, medio desnuda, y esto acrecentaba su cólera.
—¡Las perras! —rugía—. ¡Las grandísimas lobas, bribonas, viciosas y sinvergüenzas, que, no contentas con su marido, hacen cara a los hombres casados!... ¡Que se ha muerto!... ¿Y a mí, qué?... En el infierno habrá caído de cabeza y allí estará ardiendo por una eternidad. ¡La muy pécora!... ¡Poner frente a frente a dos hombres para que se maten!... ¿Qué hace Dios —¡la Virgen del Carmen me perdone!— que de un rayo no las parte a esas malas tías el corazón?...
Iba a proseguir su fervorosa perorata, cuando su marido, seca y desabridamente, la atajó y redujo a silencio.
—O callas, pero callas en absoluto, o te vas. ¡Elige!...
Las tres plañideras se reportaron, y si bien continuaron llorando, pues las lágrimas sinceras ni corren ni se enjugan a voluntad, hacíanlo con tal temerosa parsimonia y comedimiento que no se las oía. El semblante del héroe reflejaba una honda preocupación: él estaba cierto de hallarse bajo un ataque de reúma; pero el médico afirmaba que aquellos dolores eran motivados por la bala en su movimiento de descenso, y, realmente, admitiendo la historia de su lance con el holandés, no había ninguna razón científica que rechazase lo que don Gregorio decía. Perea reconoció que ambas explicaciones, la suya y la de Hernández, se equilibraban. Entonces, gravemente, miró a su amigo.