—¿De cuál?...

Por más esfuerzos imaginativos que hacía, no daba con el hito o término adonde su interlocutor iba a parar. Hernández prosiguió:

—Usted ha olvidado que sus aventuras dejaron en su cuerpo un rastro indeleble; usted no se acuerda de que lleva una bala dentro e ignora que las heridas viejas, cuando llegamos a cierta edad, suelen ser fatales...

El héroe de la Grande Jatte se estremeció; en aquellos momentos de sinceridad, las palabras del médico le produjeron la brutal sensación de un chorro de agua fría sobre la espalda.

—¿Qué quiere usted decir?

—Quiero decir —replicó don Gregorio con una lentitud llena de autoridad— que si yo desconociese la historia del balazo me inclinaría a creer que la enfermedad de usted se reducía, sencillamente, a un ataque agudísimo de reúma visceral. Es una clase de reúma muy frecuente en los cardíacos.

Don Higinio, agitando ambos brazos en el aire, comenzó a afirmar con resuelta vehemencia:

—¡Ah, pues no lo dude usted! ¡No lo dude usted!... ¡Lo que yo tengo es reúma visceral!...

—¿Por qué?

—¿Cómo, por qué?... ¡Toma! ¡Porque sí!... Porque mi padre y mi abuelo y todos mis ascendientes fueron reumáticos... y ellos me dieron su reúma como su apellido. ¡Ni más ni menos!...