—¿No?...
—No, señor: desgraciadamente, no es así. Si no fuese usted Higinio Perea hablaría de otra manera; pero usted es un hombre, un verdadero hombre, sereno y valiente... ¿Me explico?... ¡Un hombre que puede oírlo todo!
Las mujeres permanecían trémulas, boquiabiertas; en sus ojos dilatados, la curiosidad secó el llanto. Perea también empezaba a alarmarse, que el misterio y pavura de que don Gregorio rodeaba su diagnóstico a todos se imponía, y hubo en la habitación un silencio tal que se habría percibido el hilar de una araña. El rostro y el ademán del médico adquirieron expresión profética:
—Amigo don Higinio, en este bajo mundo, como recuerdo haberle repetido muchas veces, todo se paga.
Perea quiso bromear:
—¿Todo? ¡No exagere usted! ¡Recuerde sus deudas de estudiante!...
Pero Hernández permaneció serio; tan serio como jamás lo estuvo en su vida.
—¡Todo se paga! —insistió sibilino—; y así, quien sembró bienes, recogerá bonanzas, y quien fue malo, al finar su vida solo cosechará tempestades y dolores.
Y tras una pausa:
—Esto último le ha sucedido a usted, querido amigo. Usted es muy bueno, ya lo sabemos... ¡muy noble!... Pero la juventud de usted fue turbulenta; usted usó y derrochó sin cálculo las energías preciosas de la mocedad, y ahora es llegado el triste momento de pagar aquellas locuras. Usted cree que esos dolores son reumáticos; está usted completamente equivocado. Esas punzadas que, según dice muy bien, parecen desgarros..., algo como si le rajasen a usted por dentro..., ¿verdad?..., provienen de otra causa.