Hubo otra pausa. Hernández murmuraba:
—Muy grave..., muy grave...
Don Higinio, un poco inquieto, observaba a su amigo, pensando: «¡Qué disparate irá a decir este avestruz!...».
Al médico parecía costarle trabajo resolverse a hablar. Sin duda sus palabras iban a ser aterradoras. Al fin se decidió:
—Yo quisiera que estas señoras nos dejasen solos un momento...
Las tres mujeres, a la vez, prorrumpieron en gritos y sollozos, formando una ensordecedora algarabía. Por suerte don Higinio, agitando imperiosamente su diestra corta y heroica, las redujo a silencio.
—Hacedme la santa merced de callar. De lo contrario, me obligaréis a echaros de aquí.
Y, volviéndose hacia Hernández bonachonamente:
—Pero, veamos; ¿usted no piensa, como yo, que se trata de un poco de reúma?
—No, señor.