—¡Ay!... ¿Cree usted que será grave?...
—No sé, señora mía; no lo sé aún; pero espero saberlo; mis dedos algo han de decirme...
De pronto, su rostro bronceño de cazador se iluminó con la claridad de un hallazgo; pero instantáneamente aquella luz desapareció, y lo que unos momentos fue alegría fortísima, mudose en sombras de preocupación y de tragedia. Tan manifiesto y decidido imperio adquirió este segundo gesto, que doña Emilia, primero, y luego Teresita, se echaron a llorar.
Doña Emilia gritó:
—¿Qué es, don Gregorio de mi alma, qué es eso?... ¡Hable usted, por el amor de sus hijos; hable usted!...
El médico repuso absorto y solemne:
—El caso no es desesperado, pero sí grave. ¿A qué andar con eufemismos? ¡Muy grave!...
Cruzose de brazos, el mentón sepultado en el lazo de su corbata, las cejas fruncidas. Interrogó a Perea:
—¿Usted es cardíaco, verdad?
—¡Toma! ¿A qué viene esa pregunta? ¿No lo sabe usted de siempre?...