—¡No he podido desayunarme! —exclamó.

Acercose al paciente y ligeramente, por debajo de las mantas, le exploró el vientre. Sus dedos de hierro iban de un lado a otro, golpeando, oprimiendo...

—¿Le duele a usted aquí? —decía—, ¿y aquí?..., ¿y ahora?...

Don Higinio tan pronto afirmaba como negaba; a ratos parecía perplejo y miraba al techo, cual si la sutil explicación y respuesta de lo que sucedía dentro de él estuviese allí. Doña Emilia, su hermana y Carmen, con Higinín en brazos, rodeaban el lecho, suspensas y pálidas.

—Se me figura —insinuó don Higinio tímidamente, porque los dedos del médico le hacían mucho daño— que esto es un ataque de reúma.

—¿Y por qué cree usted eso?

—Hombre..., como usted sabe que soy un reumático crónico...

Hernández calló; parecía tener otra opinión.

—Vamos a ver —murmuraba, como si hablase consigo mismo—, vamos a ver...

Doña Emilia suspiró, cruzando las manos: