—No, hija.

—¿Por qué?...

—Ya te lo he dicho; todavía no hace falta.

Su mujer le dio una segunda frotadura de alcohol y romero, y le abrigó el vientre con un buen fomento de algodón y una faja de franela: esta faja histórica, pues que sirvió a doña Emilia veinte años atrás, en su último parto, hizo florecer sobre los labios del héroe una sonrisa triste. Luego cerró los ojos y entre sueños sintió murmullo de pasos y creyó reconocer la voz de doña Lucía. La noche la pasó muy mal; punzadas fugaces, pero terribles, que parecían nacerle en los riñones, le zarpeaban el vientre, por momentos más hinchado y más duro. Carmen acompañó a su padre hasta media noche, hora en que se retiró porque a Higinín no podía dejarle solo más tiempo. Teresita y doña Emilia se quedaron velando al enfermo. A intervalos, Perea buscaba ansiosamente las manos de su mujer y las oprimía con fuerza.

—Me siento peor —decía—, ¿qué será?...

Entornaba los párpados y su respiración, con el dolor, era anhelante y ruidosa. Balbuceaba:

—Me siento peor.

Por la mañana, su voluntad se debilitó y pidió que llamasen al médico.

—¡Es un animal! —suspiró—, un completo animal; pero... ¡qué vamos a hacer!...

A poco, metido en una tuina de paño pardo con bocamangas y cuello de astracán, pantalón de pana y botas amarillas de ternera, llegó don Gregorio. Su sombrero, su madura corpulencia, su tempestuoso vozarrón y los aspavientos de sus brazos enormes, llenaron el dormitorio. Traía los párpados hinchados de sueño; ni siquiera le habían dado tiempo a lavarse la cara. Apenas recibieron en su casa el recado de don Higinio, doña Lucía le echó a la calle.