Doña Emilia proseguía su rencoroso monólogo, y a veces, vencida por la fatiga, apoyábase inadvertidamente sobre el enfermo con grave escozor de su piel y quebrantamiento de sus costillas.

—¡Y si no fuesen más que los resfríos de la mina!... Pero otros..., ¡ya lo creo!..., otros son los motivos que ahora te tienen tirado en esa cama. Los hombres que de jóvenes abusaron de los placeres, como tú has hecho, llegan a la vejez prematuramente. Porque, ¡eso no puedes negarlo!... Queridas no te han faltado: hoy una, mañana otra; cojo a la morena, dejo a la rubia... ¡un serrallo!... y de todos los países. Luego, esa herida... ¡Dios no permita que nos dé un disgusto!...

Seguía frotando, satisfecha de ver cómo las mollares espaldas del paciente enrojecían.

—Cuando te veo así comprendo que de todas tus amantes la que mayor aborrecimiento me inspira, a la que detesto con toda mi alma, tanto que si pudiese la quemaría viva, es a la italiana. A Indalecia, ahí tienes, a Indalecia, no la odio. ¡Pero a la italiana! ¡Grandísima perra! Dios me perdone; pero si considero que por culpa suya te pudieron matar y quedarse nuestros hijos sin padre, parece que voy a volverme loca. Es verdad que te tengo, que eres mío; pero, ¡cómo te han dejado!... Reumático, herido, enfermo del corazón... ¿Ves? Di... ¿Reconoces ahora las consecuencias de tu mala cabeza?...

Con el favor del alcohol y de los restregones, don Higinio sintiose mejor, y a ello coadyuvó el gran trozo de franela caliente que le aplicó su mujer sobre el abdomen. Una saludable reacción le permitió dormir hasta medio día. Cuando despertó, acordándose de que debía contestar sin dilación a la carta que el ingeniero belga monsieur Luis Berain, futuro director de la mina, le había dirigido, pidió recado de escribir y redactó un telegrama:

«Luis Berain. Escuela Politécnica. Bruselas. Urge presencia suya aquí. Póngase en camino cuanto antes. Banqueros místeres Witerbay, Sedwind y Compañía, le facilitarán fondos necesarios.—Perea».

Llamó a doña Emilia:

—Ordena a Vicenta que vaya a Correos y le diga a Gutiérrez me haga el favor de traducir este telegrama al francés y de darle curso en seguida. ¡Ah! Y tú, si ves a Gutiérrez, explícale que por hallarme enfermo no se lo he enviado traducido, no vaya a pensar que no sé francés...

Don Higinio no quiso almorzar; tenía el vientre inflamado y los dolores de riñones volvían a mortificarle. Por todo alimento, en el transcurso de la tarde, bebió dos vasos de leche azucarada y una taza de caldo. A la hora del crepúsculo se amodorró. Doña Emilia, que no se separaba de él, le tocó la frente y los pulsos y advirtió que estos eran muy recios y frecuentes.

—Tienes calentura. ¿Mandamos venir a don Gregorio?