De esto doña Emilia hablaba frecuentemente con su hermana y su hija, y Carmen, que tenía sobre sus rodillas a Higinín, suspiraba, y sin advertirlo iba habituándose a la idea de ser la huérfana de un héroe. A doña Lucía también la apenaba el natural apagamiento de su antiguo amante. Con los años su carne había callado, pero su corazón palpitaba aún por él. Muchas tardes, viéndole trabajar bonachonamente en la fabricación y limpieza de sus conejeras, meditaba:

«¡Y que ese hombre haya matado a otro por una mujer!...».

Una mañana de las últimas de octubre don Higinio declaró que no podía levantarse. Su mujer, cuando le llevó el desayuno a la cama, sorprendiose de hallarle acostado boca abajo y quejándose de fuertes dolores en los riñones y en el vientre. Tiempo hacía que el reúma le rondaba: unas veces se le fijaba en un codo, otras le atacaba las rodillas, y épocas hubo en que los pies, particularmente el izquierdo, se le hinchaban de modo que le era imposible calzarse. Ahora el mal parecía detenido y localizado, y con tal furia apretaba que el enfermo, bien a pesar suyo, no sabía estarse quieto.

—¿Quieres que llamemos a Hernández? —preguntó doña Emilia.

—No, todavía no; esperemos a que sea más tarde.

El médico, ignorantón y expeditivo en sus procedimientos, le inspiraba miedo.

—Mejor sería —agregó— que me dieses una buena friega de alcohol en los riñones.

Doña Emilia dejó la colación matutina del héroe sobre la mesilla de noche y salió en busca de un preparado de alcohol y romero muy eficaz contra toda clase de dolores. Teresita, a quien en los cambios de estación también se le inflamaban las articulaciones, lo empleaba mucho y siempre con fortuna. El rostro hundido en la almohada, la camiseta de bayeta recogida hasta los sobacos, don Higinio resistió pacientemente el masaje. Mientras le frotaba con todo empuje y devoción, su mujer no cesaba de hablar, a la vez maternal y celosa:

—¡Ya!... Si no hubieses llevado la vida que sabemos, no estarías así; pero, ¡claro!, no quisiste oír mis consejos y ahora te ves como te ves... ¡hecho un valetudinario!... Entre las humedades de la mina y las que recibías cuando te ibas a pescar, ¡bueno te han dejado!... ¿Te acuerdas de la tarde en que se desbordó el río?... Aquella mañana yo no quería dejarte marchar; pero tú, según costumbre, no me hiciste caso. ¡Naturalmente!... Las mujeres propias nunca tienen razón, ¿verdad?... Somos un pedazo de carne con ojos, una especie de amas de llaves o de burras de carga, sin hermosura, sin entendimiento, ¡sin nada, hijo, sin nada!... Buenas solo para reñir a las criadas y darle teta a los niños. En cambio, si yo fuese una pelandusca cualquiera, de esas que no saben más que mirarse al espejo, pintarse los ojos y retratarse en cueros, como quien yo sé..., ¡Dios la haya perdonado!..., no sabrías dónde ponerme...

Según hablaba, sus recuerdos se desentumecían amenazadores, y sus manos se crispaban furiosas, como si los lucios lomos del paciente fuesen las entrañas aborrecidas de alguna rival. Perea, callado, sumiso, con la humildad que infunde una conciencia sucia, no respondía palabra, y apretados los dientes y los carrillos crecidos por el esfuerzo que le costaba no quejarse, resistía los aliados dolores del reúma y de las friegas.