—¡Qué locura, señor! —hipaba la pobre señora—. ¡Qué locura!... ¡Un hombre como Higinio, enfermo del corazón!... ¡Exponerse a una emoción así!...
Julio Cenén, que llevaba a Perea cogido por la cintura, le preguntó misterioso:
—Dígame, amigo don Higinio, usted que lo ha tocado: ¿cómo tiene Evarista el trasero?...
Don Higinio, en quien ningún sentimiento procaz había manchado el noble desinterés de su acción, se indignó:
—Pero, usted es tonto; ¿usted cree que cuando un hombre se juega la vida, como yo acabo de hacerlo, se fija en detalles?...
El lascivo secretario rompió a reír.
—¡Canastos! —exclamó—, ¡usted de nada se admira! ¿A un trasero así le llama usted «un detalle»?...
Esta hazaña fue el último de aquellos dos o tres rasgos preclaros de valor que fijaban otros tantos jalones gloriosos en la historia bizarra de Perea; una especie de canto de cisne o de verso gallardo con que el Azar le permitió rematar el magnífico soneto de su vida. Después, como si aquel sacrificio hubiese apagado bruscamente sus bríos, el héroe de la Grande Jatte tornose más sedentario y casero que lo fue nunca. Sus ocultos amores con doña Lucía duraron poco, y mucho tiempo hacía que sus relaciones eran rotundamente fraternales: se estrechaban las manos de cierto modo, se miraban con ojos en los que había una tristura de adiós, un calor de cenizas, y nada más. Don Higinio bajaba a la mina pocas veces; se levantaba a mediodía, y después de almorzar salía al jardín, donde las higueras, los naranjos, los albaricoqueros y los guindos de troncos plateados eternizaban la lucha de los árboles por el dominio del espacio y de la tierra: allí, tranquilo, solemne, un poco triste, como quien habiéndolo tenido todo, a todo renunció por generoso y estoico desasimiento de su voluntad, dedicaba horas dulcísimas a la crianza de sus conejos. Él mismo les construía sus viviendas y por su mano les aderezaba el pasto, compuesto principalmente de hojas de salvia, ramas de tomillo y de hinojo y otras plantas fragantes, que si no sirven para el encebamiento de los animales, los robustecen y acrecientan su fecundidad. Conocía sus enfermedades y el modo de curarlas, el régimen a que deben someterse los machos durante ciertas épocas del año, las razas más ardientes y que mejores crías producen; y apuntados en un cuaderno llevaba los días de monta, las fechas en que las conejas habían de parir y aquellas en que los gazapitos necesitan ser destetados. Acerca de tales minucias, el amante de Leopoldina hubiera podido escribir un libro. En el Casino jugaba al dominó con los amigos de su edad; pero ya no bebía ajenjo, ni quemaba terroncitos de azúcar, ni reía como antes, y si algún mozo le hablaba envidiándole su historia de amores y de valentías, adoptaba una actitud triste.
—Veo —decía suspirando— que inspiro celos a la juventud. ¡Ahora es cuando reconozco que voy siendo viejo!...
La desilusión, que en el curso insensible del tiempo cae sobre todas las cabezas por igual, con la diferencia de que en las mozas y calientes se deshiela, mientras en las ancianas cuaja y perdura, había blanqueado, casi completamente, los cabellos ásperos y cortos del héroe. Doña Emilia, vieja también dentro de la parda tristeza de su hábito, sufría con el espectáculo de aquella lenta ruina. Sigilosamente los años realizaban su obra. ¡La primera cana! ¡Oh! ¿Qué frío lancinante, qué frío de otra vida hay en ese primer cabello blanco que nada, ni la hoguera de todas las ilusiones, ni el sol de todas las primaveras futuras, podrían curar?... Alma que lates dentro de nosotros, roto en pedazos tu traje verde, hecho con sedas de ilusión; ¿por qué no te envolviste, como en un sudario, bajo las primeras nieves que florecieron sobre tu frente? ¿Acaso no llega a ti el silencio de tus rizos de plata? Y si lo sientes, ¿por qué esperas aún?...