La inoportunidad de la observación repugnó a don Higinio. El secretario del Ayuntamiento era un cínico y un majadero. Ellos se habían puesto allí, delante de todos, para hacer algo notable, o cuando menos para ser útiles. Súbitamente, la idea de que la opinión pudiese juzgarle mal le asaltó. Irritado miró a Cenén:
—Hay que salvar a esa mujer.
—¿Salvarla? ¿Cómo?...
—Subiendo adonde está.
El secretario se inmutó.
—No intente usted semejante disparate; sería ir a una muerte segura; la escalera está ardiendo.
Perea no le oyó. Una ola de sangre temeraria, la sangre de los Alcañiz, le nubló la razón; abotonose su zamarra de pana, y antes de que nadie pudiese detenerle, brincando ágilmente sobre los muebles hacinados en medio de la calle, desapareció en el zaguán de la casa incendiada. La multitud lanzó un grito de admiración y de espanto. ¿Era creíble que un hombre como él, gordo y respetable, desafiase así a la muerte? Julio Cenén pateaba y se mordía los puños de rabia.
—¡No sale! —decía—, ¡no vuelve más!... Y yo tengo la culpa de su desgracia, ¡porque fui quien le animó a venir!...
Inútilmente el alcalde trató de consolarle; los dos reconocían que a Perea, como a todos los valientes, le atraía el peligro, y quien ama el peligro —enseña un antiguo refrán—, más o menos tarde perece en él. Transcurrieron algunos instantes de angustiosa zozobra. De súbito, rápido, triunfante, don Higinio surgió en el balcón envuelto en una repentina ráfaga de humo rojizo, tomó a Evarista, medio desmayada, en brazos, echósela al hombro con varonil arranque y huyó a tiempo que un tabique, cediendo a la voracidad de las llamas, se desplomaba y el interior del piso resplandecía horrorosamente. Minutos después, bajo una explosión estruendosa de vítores y aplausos, el héroe de la Grande Jatte salía a la calle con Evarista. Había perdido el sombrero y sufrido en las manos varias quemaduras, pero aún tuvo la sangre fría de saludar con una sonrisa al pueblo entusiasmado.
Inmediatamente, ovacionado, sostenido por centenares de brazos amigos, se dirigió a la farmacia de don Cándido para ser curado. En el trayecto encontró a su familia, que acudía llorando, noticiosa de su nueva hazaña. Su mujer, su cuñada, su hija, doña Lucía, todas le abrazaban. Doña Emilia sufrió una congoja; fue necesario meterla precipitadamente en una casa y quitarla el corsé.