—¡No puedo! ¡Está ardiendo!...

Sus brazos convulsos se retorcían frenéticos; parecía que iba a lanzarse de cabeza a la calle.

El alcalde la ordenó:

—¡Descuélgate despacio, y cuando ya no puedas más, déjate caer; aquí te recibiremos! ¡No tengas miedo!...

Ella medía la profundidad del salto con ojos espantados. El señor alcalde repitió:

—¡No tengas miedo! ¡Tírate!...

Desafiando bravamente la proximidad quemante de las llamas, dos guardias civiles extendieron varios colchones en el suelo, y después, los cuerpos rígidos, los brazos abiertos, la mirada en alto, dispusiéronse a recibir a la joven. Pero ella no se atrevía a brincar; el abismo, realmente, era demasiado hondo.

—¡No puedo! —repetía llorando—, ¡no puedo!...

Julio Cenén murmuró al oído de Perea:

—Le advierto a usted que es una chiquilla preciosa: todavía no habrá cumplido dieciocho años y ya tiene uno de los panderos más hermosos del pueblo...