Pero el héroe las rechazó a todas y a todas se impuso con un gesto de irrevocable autoridad; el mismo gesto temerario que habría tenido si algún día, efectivamente, hubiese necesitado matar a un holandés; y estoico, manchando con sus zapatos los trajes que aquellas dos santas mujeres llevaban para mejor rezar por él, siguió adelante.

Momentos después, el galán del hotel de los Alpes, se cubría de gloria.

A través de la turbamulta aglomerada en el lugar del siniestro, don Higinio y Julio Cenén se abrieron paso fácilmente; su prestigio les favorecía; al verles los curiosos se oprimían, franqueándoles respetuosamente el camino. ¿Adónde marchaba Perea tan resuelto? Todos recordaban de cuando conjuró el motín de los presos, y le seguían con los ojos, seguros de que iba a realizar alguna acción peligrosa, extraordinaria, digna de él, en fin...

Delante de la casa incendiada, que era de dos pisos, los muebles, colchones, líos de ropas, baúles y otros objetos que los vecinos arrojaron por los balcones, yacían en caótico hacinamiento, horriblemente manchados de agua, barro y humo. Allí el resplandor del fuego era tan violento que abrasaba las mejillas; nadie se acercaba; ante la formidable hoguera, los semblantes, suspensos, acobardados, de la multitud, aparecían rojos. Por las ventanas de la casa, convertida en volcán, salían cortinajes terribles de llamas que renegreaban y agrietaban la fachada. Varios balcones se desplomaron con un espantoso fragor de inflamados cascotes. La bomba, aunque funcionaba bien, era insuficiente para dominar el incendio, y su vena de agua antes lo alimentaba que lo combatía. El calor había roto en añicos todos los cristales de las viviendas inmediatas. Los dos bomberos, heridos de gravedad, acababan de ser trasladados a la botica de don Cándido, y la cuadrilla de albañiles que capitaneaban el alcalde y el jefe de carabineros, persuadida de la imposibilidad de apagar el fuego, dedicábase a impedir que este, socorrido por el viento, se propagase.

De repente, una mujer que probablemente estuvo encerrada en alguno de los cuartos interiores, apareció desmelenada, loca de terror, en un balcón del piso segundo. Sus gritos desesperados dominaron el tumulto, semejante a un hervor, de la muchedumbre. Inclinada sobre la barandilla, los brazos extendidos, los cabellos colgantes, la boca desquijarada trágicamente en el espanto del rostro tiznado por el humo, parecía una furia. Julio Cenén la reconoció.

—Es Evarista, la hija de Matilde la cintera...

La infeliz impetraba:

—¡Socorro!... ¡Socorro!...

A su llamamiento, varias voces contestaron:

—¡Baja por la escalera!