—Usted se queda con nosotras.

Don Higinio, muy bien plantado sobre sus botas de cuero amarillo, las manos en los bolsillos del pantalón, el abdomen libre y orondo bajo el chaleco desabrochado, se mordió los labios. Su mujer decía bien: él quería ir al incendio. ¿Y por qué no? ¿No iban otros hombres y no era él, supuesta su condición heroica, el más obligado a acudir a los lugares de peligro? ¿De qué aprovechaba, si no, su valentía? El bravo que no usa de su valor cuando las circunstancias le invitan a mostrarlo, queda tan desairadamente como el rico tacaño que esconde su dinero.

En aquel momento pasó Julio Cenén; sobre su rostro flaco, de color cera, su barba puntiaguda, negra aún, parecía postiza.

—¿Viene usted conmigo? —gritó el secretario a Perea.

—¡No, señor! —replicó doña Emilia—, ¡mi marido no se mueve de aquí!

Sin hacer caso de esta interrupción, Cenén prosiguió:

—Venga usted. Allí hacemos falta todos; dicen que hay un muerto.

Don Higinio, enardecido, avanzó algunos pasos. Las mujeres le rodearon: doña Emilia y Teresita se abrazaron a sus rodillas, arrastrando sobre la acera la gravedad de sus hábitos, y Carmen trató de conmover a su padre mostrándole la cabecita estúpida, mofletuda y colorada de Higinín.

—¡Higinio de mi alma, no vayas!...

—¡Papá, por Dios!...