Los dos bomberos que pagaba el Municipio, favorecidos por las varias parejas de guardias civiles y un numeroso grupo de vecinos de buena voluntad, habían conseguido sacar a la calle la única bomba servible que quedaba en el Ayuntamiento y llevarla al lugar del peligro. De todas partes, hombres provistos de azadones y de escaleras, acudían dispuestos a demoler lo que fuese necesario para aislar el fuego.
A don Higinio, en pie delante de su casa, le rozaban aquellas fuertes vibraciones de peligro y de lucha, y su alma aventurera se estremecía. Doña Emilia, Teresita, Carmen, que llevaba a su hijo en brazos, doña Lucía y otras mujeres, le rodeaban, apretujándose medrosas contra él, como si el héroe de la Grande Jatte hubiese de preservarlas de algún riesgo.
Vieron a don Gregorio. El médico iba muy de prisa y no se detuvo; varios vecinos le siguieron; decían que había heridos...
Doña Emilia agarró a su marido por los brazos:
—Tú no vas.
—No, hija.
—Es que te conozco; el deseo de ir te llena los ojos; te estás conmigo; me darías un disgusto muy grande, y bastante me hiciste sufrir ya. Además, eres viejo.
Teresita, adivinando lo que decía su hermana, añadió:
—¿Le aconsejas que no vaya? ¡Naturalmente! ¡Sería una locura!...
Y doña Lucía, entornando los ojos: