En aquel esperanzado y fecundo movimiento de avance, nadie quedó atrás, que el tiempo infinito de todo se acuerda por igual. Eugenio y Gorito, los hijos mayores de Hernández, también fueron muchachos de provecho. Eugenio terminó la carrera de perito agrónomo; Gorito era militar.
Baldomero, el heredero único de don Cándido, se había licenciado en Farmacia y ya se disponía a casarse y a sustituir a su padre detrás del mostrador de la botica.
Águeda y Marina, las niñas de Gutiérrez, a pesar de ciertas murmuraciones calumniosas, se habían casado: la primera, con un ambulante de Correos, y su hermana, con un acomodado labrador de Argamasilla.
Gasparito, el hijo de la señora Indalecia, era un trujamán redomado, con quien, por dos o tres veces, tuvo que ventilar cuentas la Guardia civil; afortunadamente, su caudalosa simpatía y mucha astucia le libraron siempre de los malos fregados en que su necesidad o su descomedida afición a lo ajeno le pusieron, y de zoco en colodro, unas veces de novillero y otras de chalán, ganaba su sustento y el de su anciana madre.
De este modo, cuanto más miraba en torno suyo el benemérito don Higinio más solo y olvidado se reconocía, así de los que por ancianos iban hacia la muerte, como de aquellos jóvenes a quienes llamaba la vida. ¡Y él mismo!..., con su cabeza calva, sus zapatos de paño, sus ropas interiores de franela y sus frecuentes ataques de anquilosis, ¿no era un hombre «pasado»?... El reúma, que como legado de raza empezó a atormentarle desde mozo, habíale producido una grave lesión en el pericardio, agravada por las humedades de la mina y sus aficiones de pescador. ¡Bastante le había sermoneado acerca de esto su amigo don Gregorio, y con hartas furibundas profecías trató de amedrentarle! Pero, ¿quién llevaría su sabiduría y prudencia al extremo de curarse en salud?...
Ahora que comenzaba a resquebrajarse comprendía mejor que nunca la majestad y artística belleza de la mentira que sirvió de centro de gravedad a su historia y la dio color y relieve. Aquel hermoso gesto falso era la pirosfera de su alma, lo que infundía cohesión a todos los actos de su vida, como el hilo que sujeta unas a otras las cuentas de un rosario. Si bien tarde y de modo incompleto, merced a su superchería, conquistó aquellas preeminentes satisfacciones de vanidad, solo a los más ínclitos varones reservadas. Mucho tuvo: la devoción sumisa de su mujer, el respeto de su familia, la estimación de sus amigos, una amante, un hijo natural, una dorada leyenda de galantería y de bravura, y con ella la admiración de todo un pueblo. La mentira, que primero fue murmuración y luego la opinión pública, con la ayuda y favor del tiempo, convirtió en historia, era para don Higinio lo que para los artistas el seudónimo con que llegaron a la celebridad: las muchedumbres admiran al Greco, pero ignoran a Domingo Theotocópuli; han leído quizás a Stendhal y desconocen a Enrique Beyle. La inmortalidad se alcanza con una estatua, con un libro, con un ademán. Así la obtuvo Perea: para sus conterráneos, orgullosos de su valor, siempre sería «un hombre que mató en París a un holandés»; su gloria, como la de Juan de Urbieta, el oscuro soldado que prendió a Francisco I en Pavía, cristalizó en un gesto, pero tan rotundo y feliz que todo el oro de su vida cupo en él. Durante esas horas raras de sinceridad que los hombres suelen tener consigo mismos, don Higinio examinaba con cruel imparcialidad el regio manto de heroísmo que durante años y años llevó puesto. ¡Oh! Si los vecinos de Serranillas supiesen la verdad... ¡Cómo le despreciarían, cómo acudirían a reírse de él en sus propias barbas!... Y harían mal; su befa sería injusta: si él mintió fue llevado por el natural prurito de ennoblecerse, de ser «algo», y ¿en la historia de todos los hombres no late siempre, como un corazón, el mismo deseo de notoriedad?...
El esclarecido don Higinio, olvidado de la pesca, alejado un poco de los grandes torneos de dominó del Casino, dedicado bonachonamente a la cría de conejos y observando por las mañanas, a través de los cristales de su dormitorio, el cariz del tiempo, tenía, a despecho de su figura vulgar, algo de la grandeza triste de Carlos V en su celda de Yuste. ¿Con quién hablaría de su pasado? ¿A qué espíritu delicado confiaría el fracaso de sus ensueños de argonauta y su inmarcesible amor a París?... Antaño, cuando unos y otros eran jóvenes, aún había ganas de charlar: en las tertulias, este narraba sus cacerías, aquel sus éxitos amorosos; la mentira era como un sarpullido de su mocedad. Pero ahora, en todos, hasta la imaginación había callado.
—¡Soy un extranjero en mi país! —solía decir don Higinio.
Únicamente perduraba su historia: la leyenda que nimbaba su cabeza casi blanca, estaba escrita con indelebles caracteres y como claveteada en la memoria de todos. Nadie dudaba de aquel valor afirmado de manera inconcusa cuando los presos de la cárcel se amotinaron y el amante de Leopoldina, sin otras armas que su bien templado coraje y sus puños, se impuso a ellos; y análoga impresión dejó la bizarra generosidad con que atajó la inundación que hubo en su mina. Como si tales recuerdos no bastasen a su prestigio, la suerte quiso que Perea, ya en los umbrales de la vejez, añadiese a su bien cimentada historia de valiente nuevos laureles inmarcesibles.
Un anochecer las campanas de la iglesia repicaron a fuego desesperadamente. El vecindario se conmovió y los hombres se echaron a la calle; llenáronse las ventanas de mujeres y de chiquillos; todos los rostros tenían la misma expresión inmóvil producida por el choque de la curiosidad y del miedo. El incendio era en una casa pobre del callejón del Hombre Ahorcado, detrás de la Plaza de Abastos, y las llamas, azuzadas por el viento, se alargaban siniestras en el cielo oscuro. Sus lampazos sanguinarios alcanzaban muy lejos. Un fuerte sacudimiento estremeció al pueblo. Los trabajadores que salían de las minas y veían el fuego aceleraban el paso, y como se acercaban en tropel, el ruido de sus voces y sus figuras harapientas, tiznadas de carbón, daban a su llegada apariencias intranquilizadoras de motín. Las calles retemblaron con el murmullo de sus respiraciones jadeantes y de sus pisadas. El siniestro iba en auge: torbellinos de chispas bermejas, perláticas, saltarinas como cohetes, lo coronaban; parecía un volcán, y sobre el tejado ardiente, convertido en cráter, las llamas flameaban lamiendo el espacio, hinchándose, retorciéndose, semejantes a un gigantesco pañuelo rojo y amarillo que dijese «adiós». Clamaban las campanas pidiendo auxilio. Sobre el gran fondo crepuscular las esferas pálidas del reloj de la iglesia, brillantes como ojos agoreros, tenían esta vez una rara expresión, y la corva arista que las separaba, enrojecida por el incendio, parecía un pico manchado de sangre.